REVOLUTION

revolution

Viniste tú

y tus pies pequeños a alterarme

sigiloso la existencia. A agitarme costumbres,

a romperlas,  a crear con tus ojos otras

insospechadas reglas.

A descubrirme en otros roles; a crecerme

sin saber los límites. A hacerme

de nuevo. A verme nueva ante el espejo

de los días. A encontrarme más sabia porque

sé menos; más bella tras las ojeras. Y a olvidarme,

a manotazos apartar lo secundario, lo superfluo,

lo que no es tu boca que balbucea

y me llama, y llora gritando Vida.

 

Tú, mi pequeña revolution,

el que vino a llenarme el alma solo

con una sonrisa.

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tiempo de colibríes

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 “No, no estoy sola.
Hay alguien aquí que tiembla.”

Alejandra Pizarnik

para M.

mi cuerpo se hace nido desde el vientre

que me estalla allí donde el ombligo salta

saluda tiembla anuncia

que nos llenarás para siempre las manos

confundiéndolas,

que nos volarás de sueños las manos

dispersándolas,

que nos atarás hijo raíz

a este suelo

donde encallamos perdidos

extranjeros…

 

como un árbol que creciera

hacia el centro

y buscara buscándose

el eco de todo el mar de su pasado

para llenarse de espuma la boca

para lavarse los ojos ciegos

para nacerse -no importa si

ya están mojadas mis alas

y a pesar del frío

y a pesar del miedo

y de toda la sinrazón que arrastra al hombre

hasta el más oscuro abismo…-

con el colibrí que ya alumbra

mis sueños.

Los adentros de la isla

Cuando me siento perdida, me busco la sombra desandando la isla, inaugurándola con mis ojos nuevos cada vez, tras cada pérdida. Al subir al coche nunca sé cuánto tiempo tardaré en recorrer sus aristas y pliegues. Esos días conduzco con la única certeza de que no pararé hasta encontrarme. La isla es pequeña, y casi redonda. No conoce principio. No tiene fin. Se asoma o se esconde como un sol aún niño que bailara torpemente con el mar.

Rítmicamente las olas corren a besarme los dedos desnudos. Para alejarse luego. A veces con tal violencia, que llego a pensar que se llevarán alguno enredado en la espuma. Y me los cuento. Uno, dos, tres… veinte, entre los callaos.  Y así, como ellos, los pequeños callaos que me sostienen, pienso, es mi vida. Soy yo misma. Cada vez más pequeña. Cada vez más ajada. Siempre moldeada por otras manos.

La familia. La escuela. Ser la única chica. El mundo de arriba. El mundo de abajo. Ennoviarse casi niña por salir. Dormir con un extraño. El trabajo como cadena. La bebida. Las palizas. Los gritos que se tragan. Aguanta, Nuria, que esto es un pueblo. Los niños deseados. La espera inútil. Las envidias. La indiferencia. La soledad que mata. La fuerza que mengua. Los años que pasan. La enfermedad que amarra… Y esta isla. Espiral. Camino cerrado. Y entonces pienso que he de entregarme al mar, atragantarme de él, fundirme con él, perderme en él.  Porque yo quiero. Por una vez. Para siempre… Pero quizá ya es demasiado tarde. Y nunca me atrevo.

losadentrosdelaisla

Entonces no me queda otra alternativa que el sueño. Crearlo. Construirlo. Y creérmelo. Porque no hay más salida. Aquí no hay otra vida posible para mí. Y lo llamo a gritos, revolcándome enloquecida en la arena. El sueño simple de ser otra. Una isla. Y no más un callao. Pensar que yo misma me puedo hacer desde abajo, desde dentro. Que cabalgo los mares. Y entonces hasta llego a sentir el ardiente magma respirando en mis entrañas, empujando por brotar. Y que soy también todo lo que no se ve. Las cuevas húmedas y las más oscuras oquedades. La fauna extraña y las plantas desconocidas… Creer que habitan en mí todos los secretos del reverso de la isla. Hasta los que ni alcanzo a imaginar. Y presiento mi nombre verdadero. Y me acaricio el cuerpo para conocer mis fronteras de agua…

De repente esa luz salta. Parpadea avisando de que la gasolina se agotará en breve. No sé cuántas horas han pasado. La asistenta estará a punto de marcharse, seguro. Debo regresar. Al pueblo, a la casa, a la nada cotidiana. Pero sé que al menos, por un instante, llegué a ser isla, la pequeña ínsula que acaso adentro ya soy.

Muñecas de papel

Pero es así; el ángel caído se convierte en pérfido demonio. Pero incluso ese enemigo de Dios y de los hombres tenía amigos y compañeros en su desolación; yo estoy completamente solo.

Mary Shelley

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Hasta que llega el ataúd de pino, la soledad es la cama donde esperar la muerte. A veces, para algunos, un camino más que blanco, infinitamente aséptico y largo como la sed. Una autopista que se los va tragando hasta hacerlos invisibles. Nunca se sabe qué hay detrás, al otro lado. Ni siquiera se llega a conocer verdaderamente las paredes del cuarto propio, todas las grietas, cicatrices, los arañazos del tiempo en su piel. Del mismo modo, se vive ignorando casi todo de los cuerpos con los que nos tropezamos, incluso en los que se habita. Igual que la lengua es sólo un músculo que desconoce lo que dice.

Eran las tres de la madrugada cuando recibí la llamada de la policía. A pesar del susto debo decir que no fue del todo una sorpresa. Víctor F. había cambiado demasiado en los últimos meses. Apenas le veía ya. Ni yo ni creo que nadie. Menos aún desde que la editorial le permitió realizar todo el trabajo desde casa. Los vecinos no le conocían familia alguna. Alguien debía identificarlo, proporcionar, sobre todo, cierta información, y mi número estaba entre los primeros de su  agenda, simplemente. Ya en su piso todo fue rápido, apenas unas preguntas por su pasado y algún detalle de su vida actual. Aunque yo sabía bien poco.

El comisario y sus chicos llevaban allí unas cuantas horas estudiando la escena, pero sólo la autopsia podría desvelar la causa exacta de su muerte. Era evidente que había sido minuciosamente torturado. Desde las pestañas a cada una de sus uñas, todo había sido arrancado, golpeado, profanado. Además, un vaso y pastillas sobre la alfombra salpicada de semen, junto a cuchillas, hilo y un cenicero roto. Yo sólo pensaba en que a primera hora de la mañana debía tener mi mejor cara y la cabeza bien despejada para la asamblea trimestral. Pero, al llegar al coche tras despedirme de los agentes, algo me hizo permanecer en él esperando a verlos alejarse junto a la ambulancia avenida abajo, para penetrar entonces de nuevo en el edificio.

No es que estuviera impresionado aún por aquel cuerpo yerto, rígido, en off encontrado en mitad del salón y en el que ya sólo era posible adivinar una fisonomía conocida bajo la sangre reseca. Más bien era por algo nuevo, extraño, casi imperceptible, que me pareció haber visto en el piso. Por eso volví. Libros, carpetas, folios esparcidos por todos y cada uno de aquellos cincuenta y pocos metros componían el paisaje de su hábitat desde que lo conocí. Pero aquellos cachitos de papel aquí y allá, arrugados, apretados, que se asomaban desde debajo de algunos muebles despertaron mi curiosidad. Me sorprendió encontrarlos por todos lados, bajo la nevera, en el fondo de la tina, entre sus sábanas. Y al recogerlos y empezar a desenrollarlos uno a uno, vi que se trataba de recortables de cuerpos femeninos, otras veces sólo de fragmentos. Pude reconocer en ellos a alguna actriz, incluso a una  modelo, o algunos trocitos de éstas, pero la mayoría de aquellas figuritas eran copias de mujeres anónimas. Casi todas desnudas. Allá un pecho, en otro una pierna, en éste una oreja, aquí sólo un lunar. Hasta un ojo. No tendrían importancia unas bolitas de papel, pero me pareció peculiar.

Luego, sólo cuando apagué las luces y me disponía al fin a marcharme, reparé en que el ordenador aún estaba encendido. ¿En qué andabas trabajando…? Qué raro eso de llamarle ahora “amigo”, cuando ni en vida pudiera decirse que lo fuéramos. Miré tras la ventana mientras encendía un pitillo, pronto amanecería, un gato gris cruzaba la calle principal de aquel barrio tranquilo. Y a continuación, tras servirme una copa de coñac, me senté dispuesto a husmear entre sus archivos:

9 de septiembre, 2008

Ellas, en las que bebo, en las que incluso me derramo, no son más que nada. Ninguna mata este frío. Ni siquiera todas juntas pueden taponar el vacío que se abre en mi cama, que taladra mi pecho, por donde irremediablemente caigo, y me pierdo.

27 de octubre, 2008

Las teorías de ese tipo ruso me inquietan desde hace semanas. Apenas puedo dormir. Si el lenguaje creó otras esferas, otros espacios que sólo pueden verse con los ojos de las palabras, y si más tarde el invento del libro venció la limitación de la lengua al presente, cómo no ahora el mundo digital puede crear otros mundos…

15 de diciembre, 2008

¿Dónde está la realidad?  No existe ni el tiempo ni el espacio. Ya no hay límites. Si el hipertexto en el medio cibernético dialoga simultáneamente con otros múltiples textos, al tiempo de que es capaz de incorporar tablas, cuadros, imágenes… además permitiendo la reproducción infinita… Se abren, sin duda, insospechadas posibilidades.

7 de enero, 2009

Ella será la mujer perfecta, una nueva Eva para una nueva era. Para mí. Esto se acabará. Ya la toco con mis manos…

3 de marzo, 2009

Me estoy acercando. Hoy comienzo la labor de escaneado. La pantalla es una puerta al otro lado.

Pero no pude leer más que unas pocas líneas, justo hasta que una despampanante rubia se plantó de repente frente a mí, llegada desde no sé donde, como si se hubiera abierto la pared. Me miró unos segundos, rió escandalosamente haciendo gestos impúdicos y cuando pude reconocer en sus labios los de una actriz de moda, en el color de sus ojos los de aquella exótica modelo, en sus pechos los de la vecina del tres… ya había desaparecido tras un portazo. Salí al pasillo. Ni rastro. Se habría arrojado a las escaleras. Sólo la ventana entreabierta golpeaba. No tuve tiempo de comprobar nada, pues empecé a oír un abrir y cerrar desacompasado de roperillos y cajones en la casa, acompañado del descorrerse de armarios y cortinas, de la precipitación de libros y cedés de cada una de las baldas de las estanterías. Entré. Desde todos los rincones saltaban, brotaban, aparecían mujeres exactamente iguales a aquélla, que me miraban, y también se reían, mientras danzaban como locas…

Ignoro cuántas horas estuve corriendo. Primero creí que sólo había sido un mal sueño, que la noticia, la visión del muerto me había alterado, pero a los pocos días supe por la prensa cómo la policía había descubierto el cuerpo del solitario Víctor F. Aquella noche decenas de llamadas anónimas llegaron desde distintos puntos de la ciudad. Todas con una misma metálica voz de mujer.

El insomnio persiste a pesar de los meses de sanatorio y las tabletas de mirtazapina. El crimen sigue sin aclararse. Por eso temo quedarme dormido, que mi cuarto sea invadido por una jauría de muñecas de papel que intercambien mis brazos y piernas por los de cualquier muerto, mis uñas por las de una rata podrida o sustituyan mis ojos por los de un gato gris, mi pelo por un trozo de alfombra vieja y mi miembro por el cuerno de un unicornio.

Y a pesar de todo, la magua…

No creo en patrias. Ni en etiquetas, telas o papeles que solo dividen, marginan, cercan, separan.

Cuando, estando fuera, aun sin entender un idioma, te salva la vida una “simple” mirada, todo ese tipo de construcciones, materiales o lingüísticas, vuelan, se esfuman, se hacen nada.

Los días se amontonan como bolsas de basura, y se hacen años, que se apilan, uno sobre otro, en los rincones de esta ciudad todavía desconocida que hoy me toca andar. Millones de segundos ya viviendo lejos…

Pero ¿de qué exactamente lejos? Si ya no sé cuál es mi centro, el origen, la salida, el punto de partida, si me enriquecí y cambié y me hice otra en los lugares donde estuve… cuál es la brújula imantada que me llama. Y hasta ignoro si, si acaso perdiéndome volviera, fuera capaz de vivir otra vez “allá”… Un allá, como cualquier allá, sin hiperónimo.

Pero, a veces, me embarga un vacío, un no sé qué, cierta orfandad de pertenencia a aquel lugar…

002Añoras el allá que fue tu infancia: la suma de calles, golosinas, canciones, olores… que tal vez ya no existen. Multiplicado por el ansia de luz, hasta el grito. Y la nostalgia de personas que ya solo recuerdan tu nombre bajo un rostro que ya no es el tuyo, bajo una voz que no te pertenece, bajo tantos adjetivos… y debajo tú, que ni siquiera sabes decir tu verdadero nombre.

Un síntoma inequívoco de tal estado es llevar palabras pegadas a la piel que no pueden hallarse en el diccionario; peor aún, que pronuncias y ni tan siquiera pueden ser comprendidas por los más cercanos. Y al final dejas de articularlas. Y mueren.

Quizá la única casa sea el lenguaje, ya lo decía el filósofo. Una patria en borradura derridiana. Pero una casa a la que pueden abrírsele todas las puertas y ventanas para que entren otros, esos a los que eres tan igual.

Es la magua mi quejido de estos días, es decir, la saudade –que sí está en el diccionario- canarizada de esta antipatria.

Nunca fui a Aracataca

Me gustan los viajes que se quedan a medias. Esos lugares que te enamoran y, por eso mismo, los abandonas dejándote más de un rincón por visitar, aunque los defina como imperdibles la guía turística al uso. Porque una, sencillamente, quiere volver. Empaparse, ir más allá del consumo desenfrenado de espacios, de los selfies en las estaciones establecidas.

Así, nunca fui a Aracataca, aunque no fuera yo quien decidiese no hacerlo. Camino a Cartagena, la guagua no tomó el desvío, a pesar de que lo anunciasen las señales a gritos y yo también, desde mi asiento, intentase por telepatía rabiosa que se reventase una rueda, que se atravesase un tronco gigante en la carretera, que le diera, yo qué sé, un vahído al conductor y tuviéramos que parar a pedir agua en la primera casa que hallásemos, más allá, pasando el riachuelo, tal vez con una viejecita arrugada y hermosa en el porche aguardando nada y todo mientras vuela en su mecedora desvencijada tintico en mano…

Nunca fui a Aracataca, y lo deseaba más que nunca, tal vez por las fechas fatídicas que rememoran más a los hombres. Por eso fue que decidimos tomar la flota e ir por carretera de Bogotá a la costa. Pero, entonces, cuando triste me resignaba a mi sino, quién sabe cuándo volveré otra vez al departamento del Magdalena, empezaron a danzar el aire ante mi ventana una, tres, veinte, cien mariposas amarillas, que nos acompañaron por unos kilómetros…

mariposas

Hay regalos, sucesos, encuentros inesperados, inexplicables que, con el tiempo, uno llega a apreciar más que los perseguidos. No conocer Aracataca, solo luego lo supe, fue dejar intacta en mí la imagen del Macondo que me contaron, el soñado, el que pinté en mi mente tras la lectura y las conversas de aquellas tardes de adolescencia, un mundo que, sin duda, existe en cada detalle de los pueblitos que sí pude ver al pasar. Esa Colombia que es mágica, también fuera de la literatura, a pesar de las heridas y del olvido en que siguen sumidas esas aldeas igualiticas a la del niño Gabo.

2014 fue, pues, un año de mariposas que entraron en mi casa, sin darme cuenta, para quedarse.

Crisis philologica

si la identidad es actitud de resistencia
quizá lo único cierto sea el significante
esa muralla que guarda lo que llamamos alma de las cosas
los márgenes que hacen la isla
quien se lleva los embates de nuestros asaltos
al diccionario con patentes de corso…  

a estas alturas siempre a vueltas
con el signo rompo la moneda
y solo ruego que me perdone nuestro padre Saussure.

letras caídas